No perdamos la buena costumbre

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De decir buenos días, de apretarnos las manos, de mirarnos a los ojos cuando hablamos. No perdamos la buena costumbre de tomar a los niños de la mano, de mirar el paisaje, de darle besos al viento, y  de presionar el botón del olvido.

No dejemos de sonreír, pase lo que pase, de hacer amigos. No perdamos la buena costumbre de tener fe, de sentirnos esperanzados, de creer en nosotros mismos, de confiar, aunque cueste, en la virtud y bondad de nuestros iguales.

No dejemos de tomar café acompañados, de mirar hacia ambos lados en la calle, de observar el cielo y soñar con alcanzarlo. Que no se pierda la buena costumbre de jugar con los niños, de cantar en la ducha, de comer dulces y hacer cosquillas.

No perdamos la buena costumbre de besar la mejilla de quien amamos antes de dormir, de dar las gracias al despertar, de ver las mariposas en su vuelo, de acariciar a los perros, de soñar despiertos.  De escuchar música con los ojos cerrados, de reírnos sin razón delante de la gente, de emocionarse, de sorprenderse.

Pero sobre todo, que no se pierda la buena costumbre de querer ser mejores personas. Tal vez un día, sin proponérnoslo, haciendo un compromiso intimo con uno mismo, llegamos a algo. Mientras tanto, mantengamos las buenas costumbres.

99 [Intenté abarcar el mundo en un pensamiento...]

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… y me dolió el corazón. Quise comprender sus tragedias, sus dolores, sus males eternos; no lo aguanté. Quise erradicar el hambre, las enfermedades, quise proteger a los animales, a los niños, al hombre de sí mismo. Quise liberar las mentes,  liberar las almas. Quise redistribuir las riquezas, los recursos, redefinir los países y las nacionalidades.  Quise entender el mundo en toda su complejidad. Quise creer y convencerme de que el futuro sería mejor, o de que había futuro,  de que llegaría. No lo sé. Quise abarcar el mundo en un pensamiento, su humanidad e ironía… pero no lo soporté.

99 [La malicia]

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Que quiere ella con mi cuerpo, que ha ocupado sin piedad célula por célula, y ha llegado sin avisar. Desperté con la boca amarga y los labios secos; como si no me hubiesen besado tus besos. Tengo la malicia que recorre el cuerpo y pasa por mi sangre como señor y dueño. Compre la farmacia entera, pero no se fue. Consulte los remedios de mi abuela muerta, y no se fue. Se lo pedí por las buenas y tampoco se fue. Solo después me dejó como por aburrimiento. Entonces entendí que no se puede sacar lo que vive adentro. 

En la tecnología confío

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Llegué como cada noche, cansada del instituto y tenía que salir muy temprano. Mi pantalón no estaba listo, mi madre olvidó echar el suavizante, así que arreglé la lavadora para que terminara todo por mí, luego lo coloqué en la secadora, el despertador de mi celular a las 6:00 a.m. y dejando alguna persona en el aire en el bbm, caí rendida.

Desperté pasada las 7:00, gracias a una luz intrusa que se coló por el blackout de las ventanas de mi cuarto, sin su intervención todavía estaría dormida. ¿Cuál es el problema? Me preguntó mi padre, tumbando casi mi puerta. No olvidé poner la alarma, me dije cuando observando al culpable de mis desgracias. Tampoco fue que ignoré el sonido y continué durmiendo como tantas otras mañanas. Cometí un sencillo y humano error: p.m.

El amor a desesperada vista.

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Hace unos días estaba rodando por el Twitter y en el vi que la amiga de unos amigos publico lo siguiente: "A q se debe q en la vida real el coro de levantar las cosas al mismo tiempo y mirarse a los ojos no da como resultado amor a primera vista".

Lo cual me motivo muchísimo a realizar mi sección en este día, es que no se que putamadre piensan los directores y escritores de películas, novelas, cortometrajes y pakitos al momento de hacer estas escenas, de amor a primera recogida de lo que esta en el suelo.

99 [El castigo de los tacones]

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 Se hicieron para recordarnos que la perfección no existe. Que seriamos esclavas de nuestras propias pretensiones: pelo hermoso, piel brillante, labios rojos y tacones altos. Nos condenaron a errar por el mundo, igual que al hombre, pero en tacones; soportando el peso de nuestro cuerpo, recordándonos todos los días los excesos cometidos. Caminar entre las calles y aceras de Santo Domingo, entaconada, haciendo malabarismos entre hoyos y contenes, desechos, piropos y otros “halagos” callejeros. Pero lo peor no es la travesía, tampoco lo es la tortura ni el castigo, lo malo es que lo preferimos: es un castigo consentido.

Lunes 19 de septiembre del 2011 

Nada es para siempre

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Siempre quise ir al lago Enriquillo. Los comerciales que veía cuando estaba pequeña tuvieron mucho que ver. Me gustaba el paisaje, el hecho de que hubiese una isla dentro del lago y las iguanas, por tranquilas y porque gustan de no ser perturbada, como yo.  Dejé anotado en algún lugar de mi mente que iría algún día. Siempre di por inmutable que el lago estaría ahí, esperándome.

Todo el que mantiene una conversación de más de 10 minutos con mi padre sabe que él nació, orgullosamente, en Chavón arriba un campo de Higuey. Durante años fue el destino vacacional de la familia. Tengo que admitir que las mejores vacaciones de mi infancia las pasé allá. Pero como casi con todo pasa, me cansé. De la tranquilidad campestre, de la apacibilidad con que pasaban los días, de levantarme temprano, de no tener energía eléctrica o acceso a internet. Ya ni si quiera el rio era un atractivo. En el 2007 y no recuerdo el nombre de cuál de las tormentas fue, afectó la isla. Como resultado, el rio alcanzó niveles desmesurados y cuando volví a verlo ya no era el mismo: era un charquito, con agujeros por todos lados y peligroso además.

No volví a bañarme más al rio y actualmente ya no vamos más al campo. No sé cómo afectará al lago Enriquillo los cambios que está experimentando. Me gustaría que no fueran irreversibles, para cumplir con mi objetivo. Todos los días nos decimos que tenemos cosas que hacer, lugares a donde ir y gente que visitar. Dejamos de prestar atención al entorno y al paisaje, porque estamos aburridos y lo hemos asimilado como parte de nosotros mismos. A veces estamos demasiado ocupados actualizando nuestro estado en una red social.  Pero si un día el paisaje se transforma, nos veremos extrañándolo. ¿No es mejor disfrutar de las cosas sabiendo que son perecederas? Nada es para siempre, dice Luis Fonsi y yo lo secundo. No estamos seguros de nada: ni de despertar, ni de saber quiénes somos cuando eso pase. No lo dé por seguro. Vaya a ese lugar, si quiere. Pero por favor y sobre todo, haga esa llamada. Nada peor que quedarse con la duda de “que habría pasado si…”.



Walkiria Encarnación
16 de septiembre de 2011


Walkiway.-

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Este es un post que hice en mi Microblog Walkiway.tumblr.com. A la vez, estoy probando algo XD. Gracias por leerme y sorry por las molestias (a los que les llega por mail) Un abrazo :*

Mala para la cotidianidad 
Digamos que nació mala para la cotidianidad. No le gustaba tener que levantarse temprano, de hecho, creo que no le gustaba tener que levantarse. Quedarse en pijamas todo el día y que yo le llevara el desayuno a la cama. Al principio me dijeron que quizás estaba deprimida, pero yo la veía partida de la risa escuchando los radio chistes. A veces, no se bañaba. Yo no le recriminaba nada, porque la conocí así y bien lo decía mi madre: la gente nunca cambia. Los loros viejos nunca aprenden a hablar. Yo tenía un perro mudo, se llamaba Shushu. A él no le gustaba ladrar. Dios sabe cuánto lo intenté para que Shushu emitiera un ladrido, nunca conseguí nada. Así mismo era con ella. No conseguí que dejara ningún mal hábito. A veces se levantaba de la cama al medio día e iba por si misma a comerse lo que yo había comprado. No soy amante de la cocina. Luego volvía a la cama, abría las ventanas y se quedaba mirando el vacio como si algo de allí, iba a llegarle. La casa se volvió un muladar apestoso, y yo no encontraba el camino hacia mis cosas entre sus platos, sus pijamas sucios, sus chistes de radio. Un buen día la dejé. No me lo proponía, empecé a caminar y luego me encontré en otra casa con otra esposa. Yo se que está en el mismo lugar escuchando las mismas radio comedias. Que si llego ahora no querrá saber donde estuve y me pedirá la comida del día. Eso es lo que intento pensar, tal vez está muerta; quizás nunca estuvo viva. Respirar no es vivir. 

Y nos vamos poniendo viejos...

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Los niños siempre quieren saber para donde van los padres aunque no tengamos ningún derecho a esa información. Solía preguntarle a mi madre cuando la veía tan bonita y arreglada, ¿Para dónde vas? Ella siempre me daba la misma respuesta vacía y confusa para mí: para vieja. Me tomó un tiempo entenderlo. Enganchada con la respuesta, les preguntaba a todos en mi casa donde quedaba eso. Tú también vas a ir un día, me dijo una vez Mami Mirna, mi hermana mayor.

Como me lo contó el: [El profesor Euclides]

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Los años del liceo son borrosos, déjame decirte que cuando te vas poniendo viejo la memoria va seleccionando lo que quiere. Últimamente no estoy seguro de si todo lo que digo es cierto: presiento que al final voy cambiando las palabras, los personajes, los colores. Y hasta una simple coma cambia el sentido de una historia. De mis años en el liceo, solo recuerdo el corre corre para tomar la guagua a tiempo, los juegos de baloncesto en el patio y yo, escurridizo escondiéndome en uno de los pisos de arriba para no tener que acudir a la clase de educación física. Los paseos que dábamos cuando solían despacharnos temprano o mejor, cuando el portero nos devolvía porque habíamos llegado dos minutos tarde. Y al profesor Euclides.