Como me lo contó el: [El profesor Euclides]


Los años del liceo son borrosos, déjame decirte que cuando te vas poniendo viejo la memoria va seleccionando lo que quiere. Últimamente no estoy seguro de si todo lo que digo es cierto: presiento que al final voy cambiando las palabras, los personajes, los colores. Y hasta una simple coma cambia el sentido de una historia. De mis años en el liceo, solo recuerdo el corre corre para tomar la guagua a tiempo, los juegos de baloncesto en el patio y yo, escurridizo escondiéndome en uno de los pisos de arriba para no tener que acudir a la clase de educación física. Los paseos que dábamos cuando solían despacharnos temprano o mejor, cuando el portero nos devolvía porque habíamos llegado dos minutos tarde. Y al profesor Euclides.
Siempre llegaba tarde vestido con sus gafas oscuras que guardaba en el bolsillo de su chacabana junto a una hoja rallada  de cuaderno. El profesor Euclides impartía matemáticas. Llegaba minutos más tarde, nunca pedía disculpas y extraía la hojita rayada del bolsillo de la chacabana y empezaba a escribir. Despacio sin prisa, sobre el pizarrón. Cuando terminaba, daba la explicación. Siempre sobraban minutos y entonces, el nos hablaba de la escuela de la vida. Le gustaba tomar alcohol. A veces nos encontrábamos en la salida, me llamaba y se ponía a conversar un poco. Yo miraba tímidamente el reloj de la entrada, si no lo hacía a tiempo perdería mi autobús. Pero era tanto el magnetismo y la fascinación que provocaban en mi las charlas con el profesor Euclides, que no me atrevía a cortarlo, mas por interés que por cortesía. Una tarde me invitó a una cafetería cerca de la escuela. Me quedé mirando el reloj con disimulo, pero no me atrevía a decirle que estaba a punto de perder la ultima guagua. Pidió dos cervezas pequeñas, y me extendió una. Dudé sorprendido, mientras dejaba que el líquido frio bajara por mi garganta, y el profesor empezaba una de sus charlas. El episodio no podía ser más raro: el sol caía lentamente y con él la zozobra de que se me estaba acabando el tiempo. El profesor hablaba mas  Lo que decía no me hacia mella, había algo fascinante en sus palabras y en gran medida porque no las comprendía para ese entonces.  Estaba hablándome de política, un tema que me disgustaba y no entendía por qué todos se empeñaban en agotarlo. Me aburrí al rato, el profesor tenía los ojos relampagueantes y encendidos, debí haberlo convencido de que le estaba prestando atención. Sacó la hojita rayada y me la pasó. –Estos son los nombres-me dijo-de los desaparecidos. –La hojita me picó en la mano y se la pasé rápidamente, el cuerpo me avisaba que era algo peligroso. El profesor pareció arrepentido. Y la hoja estuvo en la mesa por un rato, indecisa, sin que nadie la tomara. Luego se excusó diciendo que no podía pedirme algo tan arriesgado. Ignoré cada comentario, ansioso, por sacarlo de mi cabeza. Nunca más volvimos a hablarnos. Me ignoraba en la escuela y en el aula, volteaba la mirada. No terminó el año con nosotros. En los meses siguientes, una tarde calurosa de mayo, mientras nos disponíamos a tomar un examen de historia, los guardias irrumpieron en el plantel buscándolo. Uno de mis compañeros me arrastró hasta la verja trasera, y la cruzamos con dificultad. La escuela parecía una zona de guerra. Corrimos hasta que estuvimos lo suficientemente lejos, para mirar el evento sin ser tocados por él. Sentí pesar por el profesor Euclides y su vieja lista de desaparecidos de la que seguro, entraría a formar parte pero nadie lo escribiría. Sentí pesar por mi libro de trigonometría, que dejé abandonado encima de la butaca. Jamás volví a verlos, a ninguno de los dos.

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