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Duarte en el 2013

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La Republica Dominicana celebró con bastante e inusual entusiasmo  el doscientos aniversario del patricio Juan Pablo Duarte. No hay mejor homenaje que la admiración que se profesa a través de la imitación. El mensaje y la celebración no pueden quedar vacios. Ciertamente, 200 años es  mucho tiempo, pero la ocasión no sirve para dilucidar las tantas preguntas que tenemos sobre la vida del Padre de la Patria, sus incógnitas, esos detalles que la historia no nos pudo revelar. Tampoco es justo pasarle un juicio al personaje, que hasta hoy sin discusión ni prueba en contrario, fue el fundador de la  dominicanidad y mucho menos querer aprovecharse de la luz ajena que proyectan los hombres que sobreviven a la corrupción del cuerpo, quedando vivos para siempre por la fuerza de sus ideas.

Vidas prestadas

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Nació Yadira, después de 9 meses que se hicieron largos para mi sobrina Indira haciendo todo lo que su humanidad le permitía para que así sucediera. Exitosamente, Yadira vio la luz del mundo el 16 de diciembre, luego de que se cambiaran en dos ocasiones la fecha, y Dios hiciera lo suyo determinando que ese sería el día de su nacimiento. Y entre la alegría y el alivio de que todo saliera bien, veo a mi sobrina mayor lidiando con un nuevo reto y una nueva faceta en su vida: la de ser madre. Me pregunto, ¿no se estará muriendo de miedo?  Yadira nunca volverá a ser tan suya como lo fue durante esos 9 meses de celosa posesión, donde Yadira era parte de ella y dependía totalmente de su madre para sobrevivir.  Jamás dejará de sorprenderme los misterios de la maternidad. Mientras Yadira duerme plácidamente junto a su primer regalo, una muñeca de trapo, sin saber cómo llegó aquí en la más cómoda de las ignorancias,  yo hago una silenciosa reverencia ante el milagro materno. Pero sobre todo, un profundo y callado agradecimiento hacia mi madre, por haber aceptado y nunca haber dudado, a la hora de tenerme. Por haber puesto su vida en el ruedo por mi nacimiento, ofreciéndolo todo a cambio de nada, de una vida prestada, que tarde o temprano encontrará sus propias alas. 

Ser o estar

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   Me gustaba hablar con ella porque hablaba un español sin parches, sin atropellarlo con todo en su sitio. Era como asistir a una clases de español gratuita, así era hablar con la colombiana del cuarto piso. Además era muy educada.  Nunca superé ese respeto enfatizado en la segunda persona formal  y el preámbulo que siempre acompañaba cualquier petición: un permiso, una aprobación ante la más mínima intervención. Ella y su esposo eran la antítesis de los personajes colombianos que veíamos todas las noches en las novelas colombianas, poniendo de manifiesto que generalizar sobre personas y conjuntos humanos, siempre será una mala costumbre.