Ser o estar


    
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   Me gustaba hablar con ella porque hablaba un español sin parches, sin atropellarlo con todo en su sitio. Era como asistir a una clases de español gratuita, así era hablar con la colombiana del cuarto piso. Además era muy educada.  Nunca superé ese respeto enfatizado en la segunda persona formal  y el preámbulo que siempre acompañaba cualquier petición: un permiso, una aprobación ante la más mínima intervención. Ella y su esposo eran la antítesis de los personajes colombianos que veíamos todas las noches en las novelas colombianas, poniendo de manifiesto que generalizar sobre personas y conjuntos humanos, siempre será una mala costumbre.


Tranquilos y buenos inquilinos, la pareja colombiana de la cuarta planta eran de los mejores que habían vivido en el edificio. Eran veganos y ecologistas. Mostraban un respeto por el medio ambiente y por si mismos que  admiraba pero no me atrevía a imitar.
Me parecía que llevaban una vida saludable [Buena para ellos, no para mí]. 
 Y esto lo confirmé el día en que hablando con ella me presentó la alternativa verde a dos piezas desechables que a mi entender, era impensable volver atrás: pañales y toallas sanitarias. El progreso tiene cosas irrevocables y a las que nunca vamos a querer renunciar. El argumento era justo y bonito: ahorrabas una cantidad de dinero considerable y al mismo tiempo, estabas colaborando con la causa medio ambiental. Además eran estéticos y duraderos. Decliné amablemente, con excusas  discutibles, incapaces de convencer a nadie, incluso a mí. 

 Este evento me hizo cuestionarme por primera vez sobre mi política ambiental. Entonces, ¿Estaba yo haciendo mal por no apoyar [sobre todo con el ejemplo] esta causa? ¿Dónde quedaban mis pequeñas eco-acciones como lanzar la basura al zafacón, no imprimir todo lo que llega a mi correo, cerrar el grifo mientras me cepillo, usar carpetas de papel reciclado [que como cualidad tenían ser más feas y caras que las regulares], comprar bolsas de tela, etc.? Admito que es más fácil vestir el verde que ser verde. Quizás es por eso que cada vez que compramos algo, nos dice que estamos contribuyendo a alguna causa noble; es un intento de callar la conciencia y mandarnos a casa tranquilos: no solo somos consumistas sino que somos verdes, socialmente preocupados e interesados.  Los medios y la publicidad [que es la que dictamina cosas tan relevantes como si  merecemos perecer por un color usado fuera de temporada] nos hacen pensar y hasta sentir mejor por tirar un papel al zafacón, cuando quizás solo estamos contribuyendo con que la ciudad esté más limpia. Y mientras saco la basura por segunda vez en el día, me pregunto si lo que hacemos es suficiente para salvar el mundo. Nadie quiere ser parte del problema, pero pocos están dispuestos a sacrificar las comodidades de este mundo moderno. En el mejor de los casos, es mejor no saber que tendríamos que hacer o cual sería nuestra cuota de responsabilidad/compromiso. Como dice el dicho, el camino al infierno está minado de buenas intenciones.


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