Pocos fieles

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Es un defecto inherente de nosotros los humanos el exigir casi siempre lo que no somos capaces de dar. La falta de sinceridad es casi involuntaria un reflejo, que no hay uno de nosotros que no se diga y se crea dos o tres mentiras diarias. Entonces, la fidelidad es la misión imposible de nosotros. Y yo no le voy a echar la culpa al de siempre: la carne, tentaciones y demás elementos de un pastel llamado lo prohibido; que a todos nos encanta y si no mírense la boca, la tienen echa agua. Pues bien, no somos fieles; porque si la falta de sinceridad y fidelidad es casi natural en nosotros; curiosos debería ser nuestro apodo. ¿No es verdad que la mayoría de los problemas del hombre vinieron por curiosidad más que por cualquier cosa? Y si no, pregúntenselo a Eva. O a los chicos que empezaron "las exploraciones" muy temprano. Y es verdad, esa curiosidad ha sido fantástica. Pero de tanto cuestionarnos ya ni sabemos quiénes somos. La curiosidad es la que nos hace pocos fieles y nos invita a probar y aventurar. Porque, Cristóbal Colon no se conformó con una sola India. Y si, somos pocos fieles y tememos que no se pueda hacer mucho. Y no me vengan con la patraña de que "eso fue cuando perdimos la inocencia" siendo aun niños conspirábamos y politiqueábamos cruzando dedos al hacer promesas y mintiendo con una naturalidad impresionante. Buen está bien; ¿Qué tal si incluimos "la fidelidad" y "la sinceridad" entre los objetivos del milenio? ¿Qué los objetivos del milenio qué? ¡Tómenme en serio, porque yo no estoy bromeando!

el 3ero responsable

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Es casi imperceptible la forma en la que llega y se cuela en la vida de las personas. Realmente, cuando uno lo ve llegar, inofensivamente, detrás de un comentario, de una llamada o una observación; nunca cree que ese llegara a ser el motivo de sus desgracias. Y ocurre más o menos en la forma en que la brisa entra por las ventanas y mueve los objetos de su lugar sin que nadie los note, o como el agua, que va llenando el balde y se percibe solo cuando está a punto de derramarse. El tercero, que se convierte en una sombra, detrás de las cortinas, en la silla vacía del comedor. El que espiamos en los celulares, en los mensajes electrónicos, en las miradas esquivas, en las salidas temprano. El tercero, que buscamos en gestos fríos o en una llamada no recibida.  Al final, de tanto buscar al tercero, no somos capaces de verlo ni de percibir su presencia. Cuando se instala, podríamos fácilmente, echarle la culpa: decir que se ha “metido” o que ha “robado” si es que los afectos de una persona le pertenecen a alguien más que a ella misma, y si estos pueden ser robados con la facilidad con la que se roba una cartera. Pues el único ladrón que pide consentimiento, es el que roba afectos, cariño o “el corazón” diciéndolo, cursimente. Pero no, no estamos para cegueras, y al final, tendremos que admitir que el tercero no es el culpable, que nadie nos robo nada, y que los únicos responsables somos nosotros. Por dejar la ventana abierta, la llave goteando o peor aún, el  corazón sin candado.

El derecho fundamental de arrepentirse

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Porque todo lo hacemos en un momento. Porque todos hemos querido ser los dioses del tiempo y hemos deseado tener el reloj de Bernardo, por lo menos una vez en la vida. Porque algunas veces, la mayoría de veces, el instinto es más rápido que la razón. Porque siempre hay excusas, siempre hay razones. Porque Dios nos lo permite. Porque nuestra naturaleza así lo pide.  Porque la perfección solo existe en nuestra mente y hasta el reo más temido, se le permite arrepentirse. Porque cargar con el fardo de la culpa es muy pesado y  a veces, es necesario, reivindicar. Porque lo accesorio sigue la suerte de lo principal y si tenemos derecho a equivocarnos, el arrepentimiento debería ser automático. Porque, no sé si la merecemos, pero todos deberíamos tener derecho a un segundo intento. Yo quisiera pedir el derecho fundamental a tener dos vidas, pero, no quiero calentarme, ustedes ya saben.  ;) 

Buena suerte...

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Yo nunca he dejado ni dejare de preguntarme porque no me saco en la lotería.  Yo he tratado de justificarlo de mil maneras: la Lotería está planeada, no es limpia, el banquero es brujo y mete los números bajo un caldero,  el gato negro se metió en mi ventana esta mañana, y porque pasé por debajo de esa escalera ayer. Lo cierto es que conmigo no es la cosa de la Lotería. Y no importa como lo juego: porque me lo soñé o porque me lo dieron pro tv. La última vez que gane en la lotería (y la única) me saqué 600 pesos. Tenía 14 años y eso, era una gran cosa para mí. Pero no crean que solo sea con la Lotería. Me pasa con las rifas del barrio, con el bingo casero y hasta con las rifitas de colmado o mejor dicho, “chuflay de a peso”.  Y es que si la suerte sabe que voy por esta acera, cruza para la otra. Descarada al fin. Por eso, como dice Coti, ¿Que quiere la suerte cuando anda por mi casa? ¡Bien que se sabe ausentar!  Lo mío no es con la suerte, lo mío es otra cosa. Le doy gracias a Dios porque cuando ella me falla, el entra, ósea, siempre. Y gracias a esa intervención divina, yo puedo decir que tengo una familia grandiosa, unos amigos geniales y perros por pila en mi casa. Ósea, ¿quién necesita más? 

Hace un año.-

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Hace un año yo dejé sin remedios lo último que quedaba de mi adolescencia. Terminé de un golpe varios ciclos de mi vida  y empecé lo que le dicen adultez. Me di cuenta esa mañana en la que no pude seguir durmiendo después de las 7:00 a.m. Pero también empecé a hacer una de las cosas que más me gusta: bloguear. Abrí Garabatos, un blog cerrado donde solo mis amigos tenían acceso. Ellos me animaron e impulsaron a hacer un blog abierto donde compartiera con todo el que quisiera, lo que escribía. Fue una buena decisión y se lo agradezco, gracias por leerme durante este tiempo. Bueno, hace un año escribí algunas cosas que estaban muy relacionadas con mi vida en esos días, y las volveré a publicar aquí.  A algunos se les refrescará la memoria, otros será como leerlo por primera vez.