Y nos vamos poniendo viejos...




Los niños siempre quieren saber para donde van los padres aunque no tengamos ningún derecho a esa información. Solía preguntarle a mi madre cuando la veía tan bonita y arreglada, ¿Para dónde vas? Ella siempre me daba la misma respuesta vacía y confusa para mí: para vieja. Me tomó un tiempo entenderlo. Enganchada con la respuesta, les preguntaba a todos en mi casa donde quedaba eso. Tú también vas a ir un día, me dijo una vez Mami Mirna, mi hermana mayor.


Quiero llegar a vieja. He llegado a esa conclusión. No solo porque hacerlo, es cumplir una cuota de años y haber sobrevivido a las dificultades tú tiempo. A ninguno nos gusta la idea de la vejez y cuesta un poco reconciliarse con ella. Todos los días envejecemos. El mundo en que vivimos tiene una valoración peculiar de las cosas donde lo bueno puede llegar a ser llamado malo y viceversa. Otros remataran diciendo que eso es muy subjetivo y nadie puede establecerlo. Lo mismo pasa con lo viejo, que se ha convertido en sinónimo de atraso, de descartado.

Antes, las personas llevaban su vejez con dignidad faraónica, sus canas y sus arrugas, como trofeos de la vida por haber sobrevivido. Ya nadie valora esas cosas. Ya nos e muestran con orgullo familiar esas viejas reliquias de la casa, y las cosas son automáticamente reemplazadas a veces sin necesidad de hacerlo, por cosas nuevas; como si la novedad siempre fuera confiable.

Hay algo de elegante y honorable en la vejez que me gusta: la autoridad y la sabiduría que solo dan los años, la tranquilidad de haber llegado a ella con algo de dignidad.  Yo si quiero llegar a vieja y llevar como estandarte el peso de los años. Que mis arrugas cuenten historias, y el cuerpo denuncie que hubo días mejores, que se ha vivido mucho y se ha disfrutado bastante.

Es una guerra inútil e innecesaria la que tenemos contra el tiempo y que sabemos de antemano, perderemos. Con el tiempo no se compite. El es señor y dueño y ciertamente, no perdona.


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