Hace 19 horas
Como me lo contó él
“Siempre que pienso en perros, lo relaciono con ella. Pero no lo tomes así: nada que ver, era la mujer más linda que había visto desde que llegué. Pasaba todos los días pues vivía sobre la tienda de comestibles para la que yo trabajaba. No sé cómo pude reparar en ella, recién llegado no salía del almacén o me mantenía detrás del contador aprendiendo palabritas en ingles y alimentando esa soledad que traía desde tan lejos y que parecía casi imposible de llenar. Pero para los muchachos ella era toda una celebridad. Un día, me enteré de que ella también nos miraba, o me miraba a mí. Para aquellos años, yo era otro tipo de hombre. Y si, los hombres cambian, aunque tú no lo creas. Dirás que es porque estoy viejo y porque sé que estoy limitado, pero una persona nunca deja de tener emociones. Pero para ese entonces, yo era un sinvergüenza de plana mayor y me sentía solo. Empecé a mirarla también. Una tarde, ella me invitó a subir a su piso, para tomar un café, según dijo. Esperé terminar para subir donde ella, sin que mis compañeros se dieran cuenta. No me preguntes si tuve un momento de vacilación o de remordimiento, porque no lo tuve. Esas cosas no pasan así. Las cargas de conciencia llegan tarde, incluso, años después del hecho. Pero si pendiente de llegar antes de las 10, tenía que llamar a casa, ella no se dormiría sin esa llamada. Estaba tocando la puerta cuando escuché su voz gritarme por encima del ladrido de unos perros. Y algo en mi se activó. La chica abrió la puerta sonriendo, sosteniendo unas vasijas. Repentinamente, cambié de opinión. No sé por qué, sentí urgencia. Dije una disculpa entre español y las pocas palabras ingles que manejaba mientras la cara de la chica se desencajaba con sorpresa. El ojo percibe lo que quiere, por lo tanto, nunca más volví a verla. Meses después, cuando ya ni recordaba el episodio y mi corazón estaba dividido entre los mares y no entendiendo muy bien mi situación actual, uno de los muchachos de la tienda me dijo, ahí está. Y estaba ella, pasando, muy delgada, pobremente abrigada. Está enferma, agregó. Siempre la recuerdo cuando escucho el ladrido de los perros y esa es la razón. No me preguntes su nombre, nunca llegué a atravesar el umbral de su perta, nunca se lo pregunté.”
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