10 Años de Soledad.-

Foto: http://lounge.obviousmag.org

  
   Era lunes santo, pero me es imposible precisar la fecha exacta. Tenía 13 años, un memorable verano donde abandonaría los rastros de la niña que quedaban en mí  y entraría en una violenta adolescencia que iría ocupando mi cuerpo como si de un pais en guerra se tratase. Nos disponíamos a irnos para el campo donde mi padre nació y donde solíamos pasar la Semana Mayor. Nuestro destino turístico de cabecera. Las cosas no habían cambiado mucho desde que mi padre salió de allí, muchos años atrás, dejando a  mi abuelo con una reprimenda en la garganta. No había energía eléctrica ni agua corriente, solo un camino hacia el río que era toda la atracción
y en torno al cual giraban todas las actividades del día: ir al río a buscar agua, ir al río a bañarse, ir al río a llevar los animales.  Se pasaba el día entero haciendo los deberes, se cocinaba en fogón y se lavaba a mano. Quizás era un misterio para muchos como una familia abandonaba toda comodidad citadina a cambio tal vez de la brisa, un amanecer de gallos, y una siesta calurosa a las 3 de la tarde. De noche,  se jugaba dominó a la luz de una lámpara de gas, y los niños éramos aterrorizados con historias de muertos que no descansaban y que salían a merodear de madrugada por la Loma de Los Guardias.

    Minutos antes de partir, decidí llevarme algo para matar el tiempo. Tomé un libro, rápido, sin pensarlo de los que habíamos comprado mi madre y yo en la última feria del libro y que estaban en la parte baja de la estantería.  Era de bolsillo así que cabía bien en mi bulto, mi madre había insistido en que el equipaje fuera pequeño para no sobrecargar el vehículo. Tenía una tapa anaranjada y paginas marrones, de baja calidad. No me fijé en el nombre. Era Cien años de soledad. Antes del domingo de resurrección ya lo tenía terminado. La pregunta era, ¿cómo parar?  Me dejé envolver por la fascinante prosa del Gabo, cada uno de sus personajes y sus complejas personalidades. Me levantaba temprano, hacia mis deberes con prisa, aprovechaba la luz solar para poder avanzar. Estuve alucinando, por algún tiempo, escuchando la risa de Pilar Ternera, viendo la imagen del primer de los Buendía bajo el castaño y espantando mariposas amarillas que inundaban mi cuarto  antes del mediodía. Había mucho que no entendía, y hubo chance en otra oportunidad, de volverlo a leer. Pero nunca como la cautivante primera vez. Lo cierto era que se habían abierto mis ojos de manera definitiva. Yo, que hasta ahí, solo había leído cuentitos y novelitas de niños, nunca más volví a tocarlos. Cien años de soledad fue la puerta sin retorno que me introdujo al asombroso mundo literario del que nunca he querido salir.  Libros que, interrumpieron nuestra inocencia literaria, poniendo a disposición de nuestros ojos, un fascinante universo paralelo, donde todo puede ocurrir.

1 comentario:

  1. Te felicito por lo acertado que es tu micro-ensayo. Bueno, va más allá de un ensayo. A la vez que leías, vivías un mundo paralelo al que narra el Gabo. Tu sexto sentido de mujer te advierte que esa novela es una forma de ver la vida y esas dos historias (la que mientras lees el libro y la que lees dentro del libro)revelan una sólo cosa: el universo de nuestra realidad increíble. Gerson.

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