Hace 19 horas
Mensaje subliminal
El tema de la relación entre la cocina y yo es historia patria. Nunca me he
encontrado cómoda en esa zona que etiqueto como “peligrosa”, donde la mujer se
interna sin más arma que un cucharón y por escudo un mandril, teniendo todas
las posibilidades de salir salpicada, lastimada y con el rostro lleno de salsa
de tomate, pomada por referencia heredada de nuestras antepasadas. Pero que
este libro fuera un regalo de mi padre no fue una indirecta y mucho menos un
mensaje subliminal, sino una clara y directa petición de que hiciera las paces
con las cacerolas y aprendiera a cocinar de una vez por todas.
El otro libro me asustó un poco más por
inesperado: ¿Qué se puede esperar un libro con semejante titulo? El hecho de
que procediera de mi mejor amigo [Persona que se presume, me conoce mejor, es
justo preguntarse, ¿Acaso soy yo una cabrona?] me hizo reír nerviosamente. Con
los libros como con las personas no es bueno generalizar ni prejuzgar demasiado
temprano, siempre es bueno conocerlos y formarse su propia e independiente
opinión. Y a veces, muy en contra de
nuestra voluntad y empeño, lograrán convencernos. Esto me ocurrió a mí con los
antes mencionados. El primero un
práctico y útil recetario excelente para cocineras primerizas, que no se pierde
en explicaciones superfluas ni en recetas que parecen traídas de otro planeta y
que además proporciona las recetas
infaltables en el menú de todo hogar dominicano. El segundo, mucho más útil
aun, enfrenta sin aspavientos el estrés en la mujer moderna, el caos como modo
de vida [y de la falta de esta diría yo]
y como la mujer puede resolverlo sin dejar de ser una perfecta cabrona.
[Véase la definición del libro].
Lección aprendida: nunca juzgues un libro por su
tapa. [Aplicable para una cantidad ilimitada de situaciones.]
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