Hace 19 horas
120301
Los
padres quieren que sus hijos aprendan a hablar y a caminar. Es el primer paso
para la independencia de esa criatura llorona y exigente, que transforma la
vida de una persona convirtiéndolos en sus apéndices de carne y hueso.
Empezamos a hablar temprano. Desarticulamos silabas y decimos incoherencias.
Pero una vez descubrimos el poder de la lengua, es imposible hacernos callar.
Ignorando completamente la fase más importante: antes de que pudiéramos darle
sentido a los sonidos que navegan en la lengua, tuvimos que escuchar y mucho.
Desde antes de poder tener memoria de quienes somos, escuchábamos tranquilos en las aguas termales del vientre materno. Obviando
que el idioma, el vocabulario, y el lenguaje que poseemos no ha sido más que el
resultado de un ejercicio particular y difícil que solo pudimos completar por
el hecho de estar obligados. Escuchar es una de las cosas que dejamos
arrumbadas en el subconsciente. Y ya sabiendo lo que podemos llegar a hacer con
nuestra boca; dedicaremos lo que nos reste de vida [con suerte, mucho] a darle
los más variados usos: con el más sublime de los propósitos hasta el más
terrible que usted se pueda imaginar. Pero nunca se resistirá a usarla y
domarla le podría llevar el mismo tiempo que le toma vivir. Nunca nos callamos
porque es mejor. Aun cuando estamos callados, la mente sigue hablando,
resistiendo a escuchar el silencio. Porque si alguien sabe muchas cosas es el,
que ha estado desde el principio y
estará después. ¿Qué tiene que decir el silencio que nunca le queremos
escuchar?
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