120301



Los padres quieren que sus hijos aprendan a hablar y a caminar. Es el primer paso para la independencia de esa criatura llorona y exigente, que transforma la vida de una persona convirtiéndolos en sus apéndices de carne y hueso. Empezamos a hablar temprano. Desarticulamos silabas y decimos incoherencias. Pero una vez descubrimos el poder de la lengua, es imposible hacernos callar. Ignorando completamente la fase más importante: antes de que pudiéramos darle sentido a los sonidos que navegan en la lengua, tuvimos que escuchar y mucho. Desde antes de poder tener memoria de quienes somos, escuchábamos  tranquilos en las  aguas termales del vientre materno. Obviando que el idioma, el vocabulario, y el lenguaje que poseemos no ha sido más que el resultado de un ejercicio particular y difícil que solo pudimos completar por el hecho de estar obligados. Escuchar es una de las cosas que dejamos arrumbadas en el subconsciente. Y ya sabiendo lo que podemos llegar a hacer con nuestra boca; dedicaremos lo que nos reste de vida [con suerte, mucho] a darle los más variados usos: con el más sublime de los propósitos hasta el más terrible que usted se pueda imaginar. Pero nunca se resistirá a usarla y domarla le podría llevar el mismo tiempo que le toma vivir. Nunca nos callamos porque es mejor. Aun cuando estamos callados, la mente sigue hablando, resistiendo a escuchar el silencio. Porque si alguien sabe muchas cosas es el, que ha estado desde el principio  y estará después. ¿Qué tiene que decir el silencio que nunca le queremos escuchar? 











  










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