El hombre de la manzana


Murió Steve Jobs. Una persona, como muchos  destacaron esa noche. Las redes sociales se inundaron con la noticia. La mayoría con muestras de admiración y condolencia, pero por supuesto, una oleada adversa de comentarios emanados del grupo “yo VS el mundo”.


Leí todo lo que se lee cuando una figura pública y conocida muere: frases de desmedido y familiar afecto para una persona que no conoces, chistes negros, pero sobre todo lo que más noté era mucha admiración y respeto entre los que escribían.

Quien pretenda encontrar un hombre sin defectos y señalar solo sus cosas positivas, ha fallado desde antes de empezar. A cada quien debe de reconocérsele lo suyo sin mezclar con lo otro y viceversa. Entiendo la admiración que muchos expresaron y siguieron expresando el resto de la semana. Relativamente joven, trabajador y con una visión fuera de serie, fue el cofundador de una compañía exitosa, solida y representativa de nuestra generación.

¿Quién no quisiera ser como Jobs? ¿Quién no desearía lograr su éxito? Todos quisiéramos poder ser como él. Dejar huellas y transformar el mundo [o el de algunas personas]  de manera práctica. No todos desean hundirse en un libro de historia para inspirarse, para investigar personajes de cuyas hazañas no tenemos ninguna certeza y que aunque muy grandes, no tienen ninguna concordancia con nuestra época. También vale resaltar que llevamos mucho tiempo haciéndolo.

Necesitamos hombres y mujeres comunes y corrientes, pecadores en esencia, equivocados y enmendadores. Que lograron sus propósitos por la fuerza de la consistencia, el trabajo duro y la inteligencia. Que desafiaron mitos relacionados con palabras como “edad”, “inexperiencia”, “descendencia”.

Decididamente no queremos seguir inspirándonos en políticos que pretenden ser y dicen provocar cosas que nunca llegan a ser ni a hacer. Simplemente, alguien igual que nosotros, no un enviado del cielo. No que nació con condiciones especiales, sino que el mismo se las forjó. El héroe moderno definitivamente no usa capa, no lo sabe todo y no nació súper héroe: se convirtió en uno.

Gente común y corriente viviendo y cumpliendo sus sueños. ¿Está mal admirar eso? 

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