[Como me lo contó el] 10/05/11

Entonces, era mi 1er día de trabajo. Yo estaba embutido en un traje que no me dejaba respirar. Un hombre que hablaba el español tan bien como yo hablo ingles, me estaba indicando lo que yo tenía que hacer. Estaba recién llegado de mi corta y efímera aventura en los Estados Unidos y no tenía ganas de nada más. No regresé nunca al campo. En la isla empezaba el nuevo negocio de la hotelería, parecía el descubrimiento del oro negro. Centenares de extranjeros llegaron, compraron terrenos a precio de vaca muerta, y se hicieron ricos; la historia de mi patria que nunca termina. El engordar para que otro coma. La mía era la historia del hombre con un diploma, un amigo que lo recomendó y una necesidad urgente de encontrar trabajo. El hombre, que se convirtió en mi jefe, me enseñó un escritorio con dos gavetas y una caja llena de papeles. Me pregunto dos veces mi nombre para no aprendérselo nunca, jamás pudo pronunciarlo correctamente. La puerta por la que entré ese día decía “contabilidad”. Uno siempre sabe, porque cuando atravesé la puerta, sabía que duraría mucho tiempo allí.  Tenía sobre el escritorio un montón de trabajo y no sabía por dónde comenzar. A media mañana empecé a preguntarme si la universidad había servido de algo. Compartía el lugar con un muchacho gordo que usaba lentes y tenía canas prematuras. El, a diferencia de mi, escribía mucho en los cuadernos rojos, y atacaba casi con furia la máquina de escribir. Por no decir del uso que le daba a la sumadora. No reparaba en mi tan concentrado estaba. La silla se remecía bajo su peso y emitía un chirrido molesto. Avergonzado, no me atreví a demostrarle mi incapacidad. Abrí un cuaderno y me puse a garabatear con gesto serio y preocupado. Cuando dieron las 5, sentí el alivio del mundo. Carraspeé un poco, mientras me ponía el traje, intentando llamar su atención. El me miro por primera vez, parecía un viejo. Se desabotono la corbata y sonrió y perdió el aspecto de anciano prematuro que tenia.
 -¿Que tal tu día? Me dijo. Yo no me expandí mucho le dije que estaba bien y que era mi 1er día.
-El mío también, dijo. Mi nombre es Víctor García. –miró alrededor-Pero no se qué coño hacer con todos estos números.- Nos reímos los dos. El había estado fingiendo ocupación porque yo estaba ahí. Lo invité a un trago. Atravesamos la puerta que decía “contabilidad” y aunque no lo supe con certeza entonces, puedo decirte que no saldría de allí pronto y trabaría una de las mejores amistades de mi vida. 

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